






Todos los días son iguales, exactamente idénticos. Nada cambia. La vida se funde en una simple sucesión de comidas, que no tarda en convertirse en un modus vivendi.
Quizás el verano sea una buena época para cambiar esta concepción de vida. Es agotador desayunar, esperar a que llegue la hora de comer, comer, esperar a que llegue la hora de cenar, cenar. Y pasarte todo el día pensando en qué vas a comer, qué vas a cenar y qué desayunarás mañana. Y peor aún es pensar qué vas a comer en el atracón del día, a qué hora lo harás y qué harás mientras te lo dés.
Estos días he estado tan ocupada (dormir-playa-salir en mañana-tarde-noche) que no ha habido tiempo para atracones. De todas formas le he dado tanto alcohol al cuerpo que podría considerarse atracón. Pero sigo tan delgada como siempre; me da vergüenza ir a la playa pero he de admitir que siento algún orgullo cuando me dirijo al agua y sé que en la toalla todos se quedan hablando de mi delgadez. Además, la mayor parte de mis amigos conoce mi problema y es mucho más cómodo que por eso no me repitan lo mucho que he adelgazado y lo bien que me sentarían cuatro kilos más.
Y aún así mis piernas, mi cadera y mi culo siguen siendo un problema. Joder, no sé cuánto tiempo tendré que esperar a la cordura.
Hoy me voy de viaje. En unas horas sale el avión. ¡Estoy nerviosa!
