De repente, un pensamiento sublime me poseyó. Si la distancia es infinita, yo soy inmortal. Debo intentarlo. Comencé el descenso, fatigosamente, fatigosamente a través de miles de kilos leguas y miles de años.
En el hospital, al igual que en el resto del mundo, la bulimia se considera la pariente pobre de la anorexia, tanto en términos médicos como de admiración. Por supuesto la bulimia sucumbe ante las tentaciones de la carne, mientras que la anorexia es sagrada, pues implica la renuncia absoluta de la persona al mundo material. La bulimia hace referencia a los hedonistas tiempos romanos de placeres y festines, mientras que la anorexia recuerda a la era medieval de mortificación física y el ayuno voluntario. Lo cierto es que las bulímicas no suelen llevar el estigma santificado del cuerpo esquelético. La tortura que se infligen es privada, mucho más secreta y culpable que la manifestación visible de las anoréxicas, cuyos cuerpos escuálidos se admiran como epítome de la belleza femenina. Nada tiene de femenino, delicado y admirable meterte dos dedos en la garganta y vomitar.
Días perdidos, Marya Hornbacher
La verdad es que, pensando en esto, me da vergüenza admitir mi bulimia, y sin embargo ya no tengo ningún reparo en corroborar mi anorexia. Nada es tan simple, por supuesto, tengo un trastorno alimentario que no se puede etiquetar, algo imposible después de 8 años. No llevo 8 años vomitando, ni llevo 8 años comiendo como un pajarito ni ayunando. Todo se entremezcla para dar lugar a una situación en la que todo lo relacionado con la alimentación no tiene sentido. Las necesidades más primarias se han anulado: no sé comer, no quiero comer, no sé cuándo comer, no sé dónde comer. Los últimos días se han centrado en buscar la alternativa al vómito. Después de rechazar inhibidores del apetito y laxantes para los que se necesita receta médica he optado por algo natural: las infusiones de cola de caballo. Algo natural pero muy molesto pues no las necesito, por lo que, al hacerme efecto, me duele un horror la barriga y, entre retortijones, no hago más que ir al baño. Sí, una estupidez. Maldita mi cabeza. ¿Avanzo en mi recuperación? Sí, pero siempre tengo que dar un paso atrás y volver a hacer de las mías.
GRACIAS PSICO La verdad es que tengo ganas de vivir. Incluso a veces hago planes de futuro, aunque sepa que son utópicos y que no vale de nada pensar en ello. Sé que aún me queda mucho. Y tu comentario me reafirma en eso.
Nada hay tan cierto y seguro como la rutina. Por mucho que proteste y se queje, a la anoréxica o bulímica no hay nada que le guste más que un mundo en el que todo, absolutamente todo, gira en torno a la comida.
Jamás hay que creer a una enferma que asegura odiar la comida, porque es mentira. Al negársele el alimento, tu cuerpo y tu cerebro empiezan a obsesionarse con él. Se pone en marcha el instinto de supervivencia, ese recordatorio constante de que tenemos que comer, es un instinto que intentas ahogar cada vez con más ahínco, si bien nunca lo consigues. En lugar de comer te pasas la vida pensando en comida. Sueñas con comida y la miras con fijeza, pero no te la comes.
Días perdidos, Marya Hornbacher
Últimamente, cuando me apetece algo lo huelo. Aspiro el aroma del trozo de comida como si de un ramo de flores se tratara y me quedo unos segundos sobre la porción, sonriendo como una idiota. Después doy media vuelta y me voy, con la sensación poderosa de control sobre mis debilidades que me hizo llegar a este estado. Desde que no puedo purgarme he ido adquiriendo las memeces maniaticas propias de una anoréxica, tales como comer lentísimamente, cortar la comida en cachitos minúsculos (a veces esconder alguno en el bolsillo), beber agua sin parar, ordenar mis trastos, limpiar sobre lo limpio, dar largos paseos aunque esté diluviando, creer que engordaré por tragarme medio gramo de pan...
Vuelvo a decir que quien llegue aquí buscando tips no los encontrará, y mucho menos si me deja un comentario pidiéndomelos.
Engordar y sacar la cabeza del retrete fue el acto más político que he realizado en mi vida.
Abra Fortune Chernik
El gran bajón comienza a tomar posiciones. Empieza como de costumbre, con una ligera náusea en el fondo del estómago y un ataque de pánico irracional. En cuanto noto que se me apoderan las ganas de vomitar, se desplaza sin esfuerzo alguno de lo incómodo hasta lo insoportable. Un dolor de muelas empieza a extenderse desde los dientes hasta las mandíbulas y las cuencas de los ojos, y atraviesa mis huesos con un palpitar miserable, implacable y debilitante. Los viejos sudores acuden puntualmente, y no olvidemos los escalofríos, cubriéndome la espalda como una fina capa de escarcha otoñal sobre el techo de un coche. Es el momento de actuar.
Trainspotting, Irvine Welsh
Llevo dos semanas sin saltarme ninguna comida y sin vomitar. Siento que al fin estoy caminando hacia algún sitio. Aún no he engordado nada, pero al menos sé que es necesario para mi recuperación, aunque por ahora lo importante es normalizar mi relación con la comida. Cumplo unos horarios extrictos y no como nada entre horas. Me sirvo lo que quiero, pero siempre superando un mínimo. Nadie me agobia, pero sigo sintiéndome muy incomprendida. Creo que empieza una nueva etapa en mi vida, muy dulce y tranquila, fuera del caos en el que he estado sumergida la mitad de mi vida, un cóctel de cero calorías hecho con drogas, alcohol y pensamientos encontrados.
Es un nombre horrible. Bulimia. Hambre de buey. Me parece un insulto: bulímica. Más que gorda, bulímica. No tienes control, bulímica. Eres como una vaca, rumiando todo el tiempo, bulímica. Pozo sin fondo, nunca te sacias, bulímica. --------------------------------------------------------
Se sabía que adelgazaban y se sabía que podían morir, pero nadie hablaba de las lesiones crónicas. Con mayor razón yo aún no tenía idea de los riesgos a los que me estaba sometiendo: aparte de las molestias que había sufrido, podía producirse un desgarro del esófago o la pared estomacal, que podría causarme la muerte, tener hemorragias internas, alteraciones menstruales. Mis niveles de sodio y potasio podían desequilibrarse, y eso no sólo causaría las palpitaciones que me asustaban, sino también calambres e infartos. El estreñimiento crónico podría desgarrar el colon, el exceso de agua para provocar el vómito o para sentirme llena me podía causar edemas e hinchazón de piernas, trastornos en los riñones y una intoxicación parecida a la etílica que podría haberme dejado en coma. Y, efectivamente, podría haber llegado a suicidarme. Un alto porcentaje de enfermas lo lograban. (...) De modo que me olvidé un poco del aspecto meramente estético y comencé a preocuparme por mi salud. Me propuse no vomitar, comiera lo que comiera. No vomitaría, y no picaría entre horas. Me resultó mucho más fácil no saltarme la rutina de tres comidas principales que no devolver. La sensación de estómago lleno me resultaba insoportable, y me asaltaban las ideas más angustiosas: engordaría, echaría todo a perder, prefería morirme de un infarto que estar gorda... (...) Anoréxico-bulímicas: Mantienen intacta su preocupación por el aspecto físico, pero alguno de los resortes falla, y de pronto el control al que se someten fracasa. Como un muelle dado de sí, ya no responde a la falta de comida, y las lanza al otro extremo. No encuentran ninguna satisfacción comiendo, porque su anterior filosofía anoréxica vincula la comida con el mal, e incluso con el pecado, pero no pueden evitarlo. las enfermas ocultan cuidadosamente los vómitos, y se aprovechan del alivio que sienten los mayores al verlas comer. Sus cambios de humor oscilan tanto como su peso, (...) Mi parte anoréxica me decía lo mala que era, y me hacía sentir culpable, pero yo no encontraba límites, y si empezaba con un bombón tenía que comerme toda la caja. Si había roto una norma, ya no importaba hasta qué punto. Eso no hacía más que aumentar mi angustia, de modo que comía, y comía, y comía. Y a todos estos atracones les seguía un remordimiento muy grande que me hacía sentir fatal conmigo misma: me sentía fracasada, fea, gorda... así que corría al baño y vomitaba. (...) Aunque ya no haga nada, siempre tengo en mente la idea de dejar de comer, o cuando acabo de comer pienso que ése sería un buen momento para ir al lavabo a vomitar, siempre tengo ese pensamiento. Todas las anoréxicas decimos que queremos salir de la enfermedad, pero hay algo que nos lo impide: en el fondo no lo deseamos.
Espido Freire, Cuamdo comer es un infierno.
------------------------------------------------- ROSSIE: no puedo ver tu blog
No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de sorportarles una nariz que sacaría elprimer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepanvolar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme! Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa. ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres... ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado."¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte. Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo. ¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un solo vuelo! Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
No sé. Siempre he pensado que comer es algo que sería más lógico hacer en privado, porque al comer con alguien, por muy discreto que seas, por muy bien educado que estés, le enseñas a la fuerza el interior de tu cuerpo, órganos viscosos, cavidades, mucosas, es decir, la lengua, los dientes, el paladar... ¿No lo has pensado nunca? En realidad es algo terrible. Quien come contigo te ve masticar, tragar, deglutir la comida, atragantarte quizás, con mala suerte, limpiarte la boca, en fin... Siempre me ha parecido muy raro comer con alguien (...), permitirme la intimidad de comer delante de él, o de ella(...). Lo tengo que hacer muchas veces, claro (...), pero no me gusta. La verdad es que yo no como con cualquiera.
Fragmento de El corazón helado, de Almudena Grandes.