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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Choose life








Me siento un poco mal por no haber dado noticias de mí en todo este tiempo.
Ni siquiera he visto mi blog desde la última vez.

La razón no es otra más que mi proceso de recuperación. En estos meses me he sentido más fuerte que nunca. Sí que de vez en cuando evito comer e incluso he vomitado alguna que otra vez pero, ahora mismo, ya no recuerdo cuando ha sido la última.
He engordado y no me siento mal. Por supuesto que LA CIFRA deseada siempre es menor. Y sin embargo sé que tengo que aprovechar la situaciósn psicológica actual: me miro a un espejo y me veo bien. ¿Cuándo he sentido yo algo así?

El chico del que hablé en las entradas anteriores sigue ahí... Aunque por mi cama han pasado unos cuantos. Lo cierto es que echo de menos a mi ex, y no sé si es que intento suplir esa falta con relaciones de dos días (o una simple noche de sexo). Pero aquel, el de la noche perfecta de agosto me gusta de verdad, y es maravilloso volver a sentir una ilusión de este tipo.

También alcohol y drogas difuminan mis salidas nocturnas. No creo que sea un problema, ni que pueda llegar a serlo. No a estas alturas.

Ahora quiero ponerme un poco al día de vuestras vidas. Pero sé que leer algún tipo de entradas me influye de forma negativa, sabéis a qué me refiero. Siempre pasa: todas queremos ser las más delgadas, todas queremos pesar menos. Leer que alguien se ha comido en todo el día una manzana va a hacer que me sienta mal por haberme comido una rodaja de merluza con patatas cocidas.

Gracias por preocuparos por mí. Sabed que estoy bien, creo que mejor que nunca.

sábado, 7 de agosto de 2010

Caótico
























Me siento gorda.
Gorda.
No sé por qué me siento gorda. Hoy tuve que vomitar aquel plato de acelgas cocidas.
Acelgas.

30 calorías.


Mierda. ¿Lo hago bien? Cuando tenía las cosas claras era más fácil. Pesaba 54 kilos y quería adelgazar 10. Adelgazaba. Todo bien. Cada vez me iba sintiendo peor. Llegar a mi meta fue abrazar la depresión, el insomnio, la asexualidad, la irritabilidad, la ansiedad y la desnutrición. Decidir curarme fue una luz. Decírselo a toda mi gente fue salir del pozo. Pero, ¿ahora toca engordar? No he decidido engordar. Pero tampoco he decidido no hacerlo... No tener las cosas claras me mata. Porque no sé qué hacer. Me siento mal si como poco. Me siento mal si como más (y vomito). Y lo peor de todo es que vuelven a confiar en mí y no me vigilan. ¿No entienden que no se puede confiar en mí? En cuanto puedo, miento. Finjo. Engaño. Creen cuando me ven comer una galleta que estoy mejorando. No, no mejoro tan rápido. Si como una galleta significa que acabará en el retrete. Enseguida. Pero si ellos no lo ven yo no voy a decir nada. No es factible, me resulta imposible. Tendré que hacer ruido cuando vomite, porque yo no voy a decir nada y así no puedo seguir. Tienen que pillarme.

Aparte de ese tema que me come la cabeza, también tengo otros líos sanos en ella. Me hace gracia sentir estas cosas depués de tanto tiempo... Me siento una adolescente.
Ahora estamos en el pueblo de mi abuela (no tengo acceso a internet, hoy es una excepción).

Me gusta un chico.
Me gusta un chico que tiene novia.
Ella es una cría.
Fea.
Y a ese chico siempre le gusté. Nunca le hice caso. Y ahora tiene novia.
Una novia fea.
Yo era la que le gustaba.

Soy una caprichosa.

martes, 18 de mayo de 2010

Femenina, delicada, admirable






En el hospital, al igual que en el resto del mundo, la bulimia se considera la pariente pobre de la anorexia, tanto en términos médicos como de admiración. Por supuesto la bulimia sucumbe ante las tentaciones de la carne, mientras que la anorexia es sagrada, pues implica la renuncia absoluta de la persona al mundo material. La bulimia hace referencia a los hedonistas tiempos romanos de placeres y festines, mientras que la anorexia recuerda a la era medieval de mortificación física y el ayuno voluntario. Lo cierto es que las bulímicas no suelen llevar el estigma santificado del cuerpo esquelético. La tortura que se infligen es privada, mucho más secreta y culpable que la manifestación visible de las anoréxicas, cuyos cuerpos escuálidos se admiran como epítome de la belleza femenina. Nada tiene de femenino, delicado y admirable meterte dos dedos en la garganta y vomitar.

Días perdidos, Marya Hornbacher



La verdad es que, pensando en esto, me da vergüenza admitir mi bulimia, y sin embargo ya no tengo ningún reparo en corroborar mi anorexia. Nada es tan simple, por supuesto, tengo un trastorno alimentario que no se puede etiquetar, algo imposible después de 8 años. No llevo 8 años vomitando, ni llevo 8 años comiendo como un pajarito ni ayunando. Todo se entremezcla para dar lugar a una situación en la que todo lo relacionado con la alimentación no tiene sentido. Las necesidades más primarias se han anulado: no sé comer, no quiero comer, no sé cuándo comer, no sé dónde comer.
Los últimos días se han centrado en buscar la alternativa al vómito. Después de rechazar inhibidores del apetito y laxantes para los que se necesita receta médica he optado por algo natural: las infusiones de cola de caballo. Algo natural pero muy molesto pues no las necesito, por lo que, al hacerme efecto, me duele un horror la barriga y, entre retortijones, no hago más que ir al baño.
Sí, una estupidez. Maldita mi cabeza. ¿Avanzo en mi recuperación? Sí, pero siempre tengo que dar un paso atrás y volver a hacer de las mías.


GRACIAS PSICO
La verdad es que tengo ganas de vivir. Incluso a veces hago planes de futuro, aunque sepa que son utópicos y que no vale de nada pensar en ello. Sé que aún me queda mucho. Y tu comentario me reafirma en eso.

sábado, 24 de abril de 2010

Sigo aquí











Siento muchísimo no haberme pasado por aquí... Sobre todo al llegar y ver la de comentarios preguntando por mi paradero. Estoy bien, mucho mejor que antes, de verdad. Creo que necesitaba desconectar durante un tiempo y olvidarme en parte de mi faceta para joder mi propia vida... y bueno, de eso trata mi blog. De todas formas se está convirtiendo en el diario de una recuperación.

Por otra parte ya tenía ganas de hablar sobre los cambios que se están produciendo, muy lentamente, en mi vida.
Volví a vomitar, en cuanto bajan la guardia, lo hago. De todas formas la guardia es bajada en muy contadas ocasiones. Sí, sé que no debo hacerlo, pero ¿qué? En cuanto veo que estoy sola, que no hay nadie que desconfíe de mí en cuanto me levanto y me dirijo al baño, lo hago. Aunque me haya comido cuatro guisantes.
Pero esos son días muy esporádicos: por lo general voy comiendo bastante bien, cada vez consigo servirme raciones más grandes (menos pequeñas) y comérmelo todo. Incluso he empezado a introducir alimentos "prohibidos" en mi dieta. ¡Qué explosión de sabores en el paladar! Es extraño experimentar el recuerdo de un sabor olvidado en lo más hondo del cerebro como si fuese la primera vez que se prueba. El otro día comí spaghetti a la carbonara (OH, BÊTISE!). La verdad es que comí cuatro fideos con champiñones y bacon (otro de la lista negra) pero... me sentí como un niño con su primer helado.
Lo mejor de todo es que estoy más sana que nunca. Los últimos análisis dicen que no tengo falta de nada, es más, ni siquiera estoy en los mínimos. Eso se debe a las grandes cantidades de fruta (también verduras y legumbres) que me meto, y no me refiero a atracones, sino a que por fin cumplo con lo que aconsejan (lo de 5 piezas de futa diarias, etc). Nunca nunca paso hambre: en cuanto las tripas piden sustento le proporciono una rica manzana, sea la hora que sea. Por supuesto, se callan hasta la cena. Mucho mejor esto que escucharlas continuamente y aguantar su murmullo hasta no poder más y meterme un atracón...
Aún así he tenido unas semanas bastante malas ahí atrás. A veces no podía comer. Simplemente eso, no podía. Las judías me miraban desde el plato y yo las pinchaba con el tenedor, pero después mi sistema nervioso se saturaba: la mano no conseguía llevar el cubierto a la boca. Acto seguido llegaban las ganas de tirar el plato contra la pared. Nunca lo hice. En lugar de eso salía corriendo a la calle, a llorar como una descosida y a calmarme con tabaco. Esto no pasó muchas veces, aunque las suficientes como para que me planteara mandarlo todo a la mierda y continuar con mi autodestrucción.
Pero llegó el calor y mis ánimos ascendieron a la vez que la temperatura. ¡No recordaba qué era esto de NO tener frío! Aunque, siendo sincera, me da vergüenza que me vean con ropa de verano... No por gorda, no. Todo lo contrario, se me notan los huesos hasta donde no los hay. Curioso que me dé cuenta ahora, cuando llevo así más de un año.
Por cierto, peso 45'7 kilos. Y quiero llegar a los 46. Lo que no sé es si quiero subir más...


Me siento muy querida cuando llego aquí. Muchas gracias por vuestra preocupación, y perdón por no dar ninguna explicación hasta hoy.

No tengo mucho tiempo, pero mañana pasaré por todos los blogs que pueda

viernes, 19 de febrero de 2010

Wake up, honey






Engordar y sacar la cabeza del retrete fue el acto más político que he realizado en mi vida.

Abra Fortune Chernik


El gran bajón comienza a tomar posiciones. Empieza como de costumbre, con una ligera náusea en el fondo del estómago y un ataque de pánico irracional. En cuanto noto que se me apoderan las ganas de vomitar, se desplaza sin esfuerzo alguno de lo incómodo hasta lo insoportable. Un dolor de muelas empieza a extenderse desde los dientes hasta las mandíbulas y las cuencas de los ojos, y atraviesa mis huesos con un palpitar miserable, implacable y debilitante. Los viejos sudores acuden puntualmente, y no olvidemos los escalofríos, cubriéndome la espalda como una fina capa de escarcha otoñal sobre el techo de un coche. Es el momento de actuar.

Trainspotting, Irvine Welsh



Llevo dos semanas sin saltarme ninguna comida y sin vomitar. Siento que al fin estoy caminando hacia algún sitio. Aún no he engordado nada, pero al menos sé que es necesario para mi recuperación, aunque por ahora lo importante es normalizar mi relación con la comida. Cumplo unos horarios extrictos y no como nada entre horas. Me sirvo lo que quiero, pero siempre superando un mínimo. Nadie me agobia, pero sigo sintiéndome muy incomprendida. Creo que empieza una nueva etapa en mi vida, muy dulce y tranquila, fuera del caos en el que he estado sumergida la mitad de mi vida, un cóctel de cero calorías hecho con drogas, alcohol y pensamientos encontrados.

Ojalá podáis hacer lo mismo.

sábado, 13 de febrero de 2010

El secreto a voces






Ya está. Por fín las cosas se han hablado con sinceridad. Por fín ya no hay secretos, nada que esconder, razones para finjir. Mis padres ya lo saben. Tengo un trastorno alimenticio, y me lo están tratando, como raciones minúsculas y a veces vomito. Todo ha ido perfecto, mejor de lo que me esperaba. Me he quitado un peso de encima y me siento muy feliz y tranquila.

Martes.
Cuando llegué al piso vi que alguien había entrado en mi habitación y había removido mis cosas. Mis tés e infusiones no estaban dispuestos de esa manera antes, y la caja del jarabe estaba abierta. Cuando me fui para el salón U evitaba hablarme. Pensé que quizás había encontrado mi "libreta-diario", donde escribo sobre mis emociones, positivas y negativas, mis lloros y alegrías, la vida, el dolor y el suicidio. ¿Cree que pienso en matarme?

Miércoles.
Me equivocaba, nadie leyó mi libreta.
U está de pie, frente a mí, a mi lado T y a continuación D. Mis tres compañeras de piso. Quieren darme un ultimatum. No puedo seguir así.
- Pesas 40 kilos. ¿No te das cuenta? Antes eras guapísima.
- No sé de dónde sacaste eso, peso 45.
...
- Como si te tengo que hacer una comida especial cada día, tú no vuelves a vomitar. Y si hace falta, les quitamos los cerrojos a las puertas.
- U, no exageres- dice D.
- Vale, cada vez que vaya al baño dejo la puerta abierta- propongo.
...
- Qué diferencia de la Ana de hace dos años a la Ana de ahora. Siempre encerrada en tu cuarto, triste, con esa cara pálida y las ojeras...- recuerda T. Sinceramente, la adoro.
No puedo soportarlo y lloro.
- Y tus padres van a saberlo- U ejerce el papel de dura, pero es la que está más preocupada por mí-. Si no se lo dices tú, se lo diré yo.

Jueves.
Como poco, con ellas, pero no vomito. Hablamos durante rato en la sobremesa. Viene X (mi novio) y se toma un té. Me siento querida. Lo hacen por mi bien.

Viernes.
- ¿Te apetece que asemos unos chorizos y que friamos unos huevos?
- No, mamá. Tenemos que hablar.
Le explico todo. Y después a mi padre. Me entienden. No pasa nada. "¿Por qué no nos lo dijiste antes?", "No quería haceros daño." Ellos cenan calamares, chorizo y sardinas; yo aguacate, huevo cocido y queso. Hemos hecho un trato. Lo más importante es que no vomite, así que comeré cosas sanas y la cantidad que quiera. Lo que no puedo hacer tampoco es saltarme alguna comida.

Siento que esto será positivo. Me siento muy unida a mis padres, a mis amigas y a mi novio, más que nunca. Vuelvo a tener esperanza.
Lo único malo de este episodio es que, para vencer la ansiedad, fumo como una carretilla.