Estas tres semanas fueron horribles. Se me hicieron largas como meses. Dormí tres horas diarias (de media). Volví a vomitar. Pensé en tragarme mi alijo de pastillas. Metí coca después de cuatro años sin probarla. Lloré, lloré, grité, lloré.
Pero ya lo asumí. Él ya no está conmigo. No voy a volver a besarlo. No volveremos a dormir juntos. De todas formas nuestra relación es ejemplar y sé que con el tiempo seremos grandes amigos. Hoy quedamos para tomar algo y me siento francamente bien. He recuperado otras cosas, como más tiempo para estar con mis amigos. Han demostrado que lo son. Están ahí, para lo que sea. No dejo de hacer cosas. Lo echo mucho de menos pero estudio, trabajo, salgo, veo pelis, leo, voy a pasear. Mantener la mente ocupada es fundamental.
A vosotras... muchas gracias. Es muy grato leer todos esos comentarios animándome (menos los de "sigo tu blog, pásate por el mío"). En serio, os lo agradezco un mundo y pido disculpas por no haber pasado por los vuestros, pero durante estas semanas no me pasé ni por el mío.
Y comer... Comer es difícil. Pero casi todos los que me rodean conocen mi problema y me cuidan. De todas formas adelgacé un poco. Lo noto, pero no sé cuánto. El martes me pesan. Después del endocrino tengo cita con el psicólogo, que pasó ampliamente de mí: lo llamé para que me adelantara la cita (lo que quería era que me mandara al psiquiatra para que me diera algo para dormir) y no cogió. Al día siguiente mi madre habló con él y le dijo que me llamaría por la tarde. No me llamó. Lo llamé yo al otro, ni me cogió ni me llamó después. Perfecto. Solo espero haber adelgazado bastante para que le joda. Aunque, visto lo visto, seguro que le da igual.
(de Goran Bregovic, para El sueño de Arizona) Me encanta esta canción, sobre todo la parte final... (minuto 2:40 por si hay prisa)
La muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida. André Malraux
La muerte es el remedio de todos los males; pero no debemos echar mano de éste hasta última hora. Molière
Lo que pensamos de la muerte sólo tiene importancia por lo que la muerte nos hace pensar de la vida. Charles de Gaulle
He tenido épocas en las que pensé mucho en la muerte.
Hace dos años, cuando me estaba quedando dormida, me quedaba sin respiración, se me aceleraba el corazón y sentía un mareo tan fuerte que creía que me iba a desmayar. Esto pasaba absolutamente todas las noches, tenía un miedo horrible a quedarme dormida porque creía que iba a morir. No podía aceptarlo, muchas veces llamaba a alguien. Me producía pavor dormir sola.
De temer a la muerte, pasé a desearla. Fantaseaba con mi suicidio. Después me imaginaba el momento en que me encontraban y si no lo hice fue por mis padres. Pero hubo un día en que la histeria pudo con la razón: llevaba horas corriendo por la calle bajo la lluvia, gritando y golpeándome la cabeza contra las paredes de los edificios. Cuando llegué a casa no podía dejar de llorar. Sentía tan profunda tristeza y desesperación que, aunque no lo recuerdo, no me extrañaría saber que esbocé una sonrisa al ver aquella cajita de pastillas sobre la estantería. Era la salida, mi salvación: las pastillas de mi hermano... dos dosis diarias como mucho (mi hermano tomaba media). La abrí. Sólo había siete. No funcionaría. Tenía que funcionar. Me las tomé y me acosté. No recuerdo cuándo me despertaron, ni cómo fue. Mi madre vino a la habitación como muchas mañanas. Eran las 3 y quería que fuera a comer. Le dije que no. Volvió a despertarme unas horas más tarde y me dijo que me levantara porque me tenía que ir a Santiago. Me incorporé y sentí una sacudida salvaje, como si me hubiesen golpeado la cabeza. Volví a acostarme. Después de unos minutos reuní fuerzas para alzarme, pero me caí al suelo. Fui arrastrándome hasta la puerta y apoyada en la pared me levanté y conseguí llegar al baño. No escuchaba nada, solo un pitido en los oídos. Metí la cabeza en la bañera y me mojé la cabeza. Mi madre me llamaba y yo no era capaz de hablar. Creyó que me encontraba mal por culpa del chaparrón de la noche anterior. Me ayudó a vestirme y me llevaron al coche. Fui durmiendo. En el piso dormí durante tres días seguidos, despertándome de vez en cuando, pero sin levantarme. Cuando por fin me puse en pie estaba muy débil. No era capaz de tragar nada sólido, así que pasé 5 días a base de agua, zumo y yogures. No recuerdo cuánto adelgacé, pero esta fue la última recaída. A partir de aquí revivió el deseo de bajar de peso. Tuve otros síntomas durante unos días, como el de bostezar cada dos minutos (no exagero) sintiendo al hacerlo un hormigueo muy molesto en el cráneo, o el de temblar como si tuviera párkinson.
Ya no deseo la muerte. Pero tampoco la temo. A veces tengo ganas de vivir, pero otras me limito a esperar a que pase algo. Ver pasar los días. Sin embargo tengo guardados los antidepresivos y ansiolíticos que tomaba antes. No son siete pastillas, son muchas más. Las tengo y me siento segura, porque sé que si algún día no aguanto más, podré echar mano de ellas. No tengo pensado tomarlas, pero no puedo deshacerme de ellas. Sé que está mal pensar así, pero no puedo evitarlo. No quiero volver a sufrir tanto. De todas formas las cosas están yendo bien.