ENDOCRINO: ¿Qué tal, Ana?
YO: Bien.
E: ¿Comemos con normalidad?
Y: Sí.
E: ¿Has vomitado?
Y: No.
Me pesa: 44'9.
E: Has bajado. ¿Seguro que estás comiendo bien?
Y: Sí, sí, igual que siempre.

Me siento observada cuando como. Me sirvo patatas pero las dejo. Escondo trozos de carne en la servilleta. Cuando como con mis abuelos aterrizan en mi plato rodajas de chorizo. Se las paso a mi cómplice, mi madre. Por las tardes me preparo con un cariño y una calma espectaculares macedonias coloridas. Soy feliz al comerlas. Hay otros días en que me ataca la ansiedad y como. Una galleta. Un trozo de queso. Luego otra galleta. Cereales. No puede ser. Si sigo así me daré un atracón. Voy al baño a vomitar. Pienso: Ahora llegará alguien y no escucharé la puerta, me pillará así. No, seguro que alguna de ellas está escondida en su habitación para ponerme a prueba por si vomito cuando estoy sola. ¿O habrán puesto alguna cámara en el baño?

Sin querer me di cuenta de que estaba intentando adelgazar y ya no mantenerme, como estos últimos meses. Y así fue. ¿Cómo hago para no bajar cuando mi subconsciente es lo que quiere y hará todo lo posible para conseguirlo? No importa que me digan que estoy demasiado delgada, no importa que los vestidos de verano me cuelguen como una sábana mal medida, no importa que los pantalones de otros años dejen constancia de que mi culo está desapareciendo. Dudo al escribir esto último, sigo viendo mi culo como un globo inmenso.













































